¿Qué papel tiene la sociedad y
cultura heteropatriarcal en la manera en que los hombres demostramos nuestro
afecto? O dicho de otra forma, ¿de qué manera nos vienen a fregar diciéndonos
cómo debemos comportarnos por tener pene y testículos? Esta pregunta me la he
hecho muchas veces, sobre todo cada vez que veo o atiendo a hombres que no se
han dado cuenta de cómo los condicionamientos del género nos limitan y nos
restringen en nuestra manera de expresar nuestras emociones y pensamientos.
Todas esas cosas que nos dicen como “esto no lo hagas, no es de hombres”, “te
ves gay si lo haces”, “las mujeres son sentimentales, por lo tanto, tú no lo
seas”, entre otros prejuicios y creencias con respecto al género, nos van
quitando oportunidades y permisos de dejarnos expresar plenamente. El mensaje
por lo general de todas estas frases es represor. Pero hay que reconocer que
los hombres sí sentimos afecto, que no es exclusivo del género femenino, y que
esto no nos convierte en menos hombres ni nos homosexualiza. Incluso, muchos
hombres con identidad homosexual tienen dificultad para expresar sus emociones porque
igual, fueron condicionados en la medida en que se identifican con el género
masculino y qué es lo que toman de esta identidad.
Hombres y mujeres tenemos igual capacidad de sentir afecto y de mostrarlo,
pero el efecto represor nos va limitando a los varones desde temprana infancia.
Recientemente en mi práctica
profesional tuve la oportunidad de atender a un papá en uno de los grupos de
padres de familia con los que trabajo que fue referido por la escuela
secundaria a la que asiste su hija porque se había estado enviando cartas con
otra chica. En esas cartas, se decían cosas en las que se demostraban o decían
el afecto que sentían una por otra, cosas que ciertas autoridades escolares
vieron como “mal” porque las niñas estaban teniendo una “conducta lésbica”. Así
es, autoridades educativas consideraron que las chicas eran lesbianas
por la manera en que se estaban expresando su afecto a través de cartitas. Al
abrirse este tema en el grupo, otros padres y madres asistentes comentaron que quienes
tenían hijas habían descubierto que también solían tener esta demostración de
afecto entre ellas, lo cual calmó al papá al darse cuenta que era común y lo
hizo reflexionar sobre la equivocada reacción por parte de la escuela. Y es
cierto, es común que entre las chicas exista esta demostración de afecto en la
que no existe el miedo o temor de que las vean como lesbianas (aunque aquí hay
una excepción, como suele haberlas), no hay tanto problema con que las mujeres
se digan lo importante que es la amistad de una para la otra, incluso a través
del contacto físico. Pero para un hombre, está más canijo. Imaginemos que sean
hombres los que se mandan cartitas, ¿qué es lo primero que pensaría la mayoría
de la gente? Algo así como “esos son jotos”, “eso no lo hacen los hombres”,
“han de estar confundidos”. Estos pensamientos que pongo como ejemplo y como
posible respuesta ante esta situación son el resultado de ese condicionamiento heteropatriarcal
que reprime las demostraciones de afecto entre los hombres. Y yo digo, ¿cómo
sería que los chicos se demostraran afecto más allá de estos condicionamientos
que dicen que sólo las chicas tienen permiso de mandarse cartitas?
El afecto entre chicas es más permitido y menos cuestionado
Insisto en que los hombres
también sentimos afecto por otros hombres, el problema está en que no lo
demostramos o en la manera en que lo demostramos. A ese camarada, a ese
compadre, a ese homie, a ese carnal, a ese gran amigo, por lo general si le
queremos decir lo mucho que lo queremos, que nos importa, que queremos lo mejor
para él le decimos “eres un pendejo”. Y no lo señalo como algo negativo, lo
menciono para demostrar que estamos educados para no demostrar afecto o para
hacerlo de manera agresiva. Es también, parte de una identidad como hombre,
pero no de ser hombre. El error está en pensar o creer que todos los hombres
debemos de demostrar el afecto a través de frases como esta y limitarlo a esta
forma. Los hombres también podemos y deberíamos darnos el permiso de demostrar
el afecto con contacto físico, con frases más suaves y diciendo un “te quiero”
de vez en cuando, y si es sin un “pendejo” o “güey” al final de la frase, mucho
mejor. Para los hombres afectados por las normas tradicionales de lo que debe
de ser un hombre no hay lugar para demostrar amor o afecto a otro hombre, lo
que hay es un temor debajo de todo esto a no verse suficientemente hombre y a
ser percibido como débil. Si nos empoderamos lo suficiente para demostrar y
expresar el amor con mayor autenticidad estaremos contribuyendo a construir una
masculinidad más madura deshaciéndonos del miedo y la vergüenza que nos ha
retenido.
Cada vez más niños demuestran su afecto de manera pública
sin que esto conlleve prejuicios.
También tenemos que desarraigar
la homofobia, la expresión más tóxica y común de las relaciones entre hombres,
el miedo erróneo a “verse gay” que nos impide expresar nuestra suavidad que
también vive en nosotros pero que aprendimos a guardar y no mostrar, la misma
que hace que el contacto físico esté limitado y también condicionado a abrazos
con palmadas o golpetazos, en vez de que sea un abrazo más auténtico y sincero
que nos acerque físicamente y sin miedo a encontrarnos con el paquete del otro.
Los hombres tenemos mucha chamba para cambiar esas ideas y pensamientos que no
nos dejan vivir la vida con libertad expresándonos plenamente como somos y es responsabilidad
de quienes sí queremos esto en nuestras vidas de mostrarlo, enseñarlo y
cambiarlo. Creo que iré pensando a cuántos de mis amigos les haré una
cartita...


