martes, 29 de septiembre de 2015

El príncipe Tito y la valiente Mina.

Tito es un niño muy inquieto, le gusta jugar con carros y espadas de madera que su papá le ha ayudado a construir, ya que él es carpintero. A veces juega con otros niños al futbol y a las carreritas para ver quién llega más rápido a un lugar. Tiene muchos amiguitos con los que juega en su escuela y en el patio de su casa.

También tiene amiguitas con las que juega, una de ellas es Mina. A ella le gusta jugar con muñecas y a ponerse pulseras y vestidos, sobre todo si son color de rosa. A veces comparte alguna de su ropa con otras amigas e intercambian algunos accesorios.
Pero los dos tienen un secreto que no le han contado a nadie: los dos han pensado en jugar con los juguetes del otro, es decir, Tito ha tenido curiosidad de jugar con las muñecas de Mina y ella ha tenido curiosidad de jugar con los carritos y espadas de él, pero les da vergüenza pedirlos.

Pues una vez, mientras jugaban con su amiga Lulú y su amigo Memo en el patio de la casa de Tito, se les habían acabado las ideas y ya no sabían a qué otra cosa jugar:

-¿Qué hacemos? -preguntó Lulú.

-Yo también ya quiero jugar algo divertido. –contestó Memo con enfado.

-¡Ya sé!- dijo Tito. -¡Juguemos al castillo! Vamos a jugar a que me salvan de un dragón muy grande que me quiere comer.  

-¡Buena idea! -dijo Mina. -¡Yo quiero ser la que te rescata! ¿Me puedes prestar una de tus espadas?

Memo y Lulú estaban confundidos. Creían que los niños no debían de ser rescatados y que las niñas no debían de jugar con espadas, pero como no tenían otra idea decidieron jugar al castillo de esa manera y sin problemas. Mina tuvo otra gran idea:

-¡Tito, te presto una de mis muñecas! Has como que es tu hija y el dragón los ha raptado para comérselos.

Rápidamente, le entregó una de sus muñecas favoritas y Tito pensó que no debía de hacerlo,  sin embargo, ella le había pedido prestada una de sus espadas, así que lo más justo era que ella compartiera también su muñeca con él. Tito tomó la muñeca de Mina y corrió a lo más alto de una resbaladilla:

-¡Seré el príncipe Tito! -gritó con mucho orgullo. -¡Necesito que me ayuden a rescatarnos!
Mina también corrió lejos con la espada de Tito en sus manos hacia el lado contrario.

-¿Nosotros qué haremos? -preguntó Memo.

-Vamos a ser el dragón, un dragón de dos cabezas. -contestó Lulú.

-¡Sí! Con una cabeza de niño y una de niña. -dijo Mina con risas.

De inmediato, Lulú y Memo se abrazaron con un solo brazo una al lado del otro y comenzaron juntos a gruñir como un furioso dragón. Mina se autoproclamó la vencedora y se fue a la carga contra el monstruo de dos cabezas. Peleó con fuerza, pero él se defendía y atacaba a la valiente guerrera que iba a salvar al príncipe Tito, mientras él gritaba:

-¡Ayuda! Mi hija y yo estamos en peligro. -Mientras, abrazaba a la muñeca con mucho cariño -No tengas miedo, hija mía. La valiente guerrera nos salvará.

De repente, el papá de Tito salió de la casa preocupado, creía que su hijo estaba en verdadero peligro al escuchar sus gritos:

-¿Qué pasa? ¿Están todos bien? ¿Estás bien, hijo?

-Sí, papá. Estamos jugando al castillo, Mina va a rescatarme a mí y a mi hija. -contestó mostrando con orgullo la muñeca en sus manos. -Nos salvará del dragón de dos cabezas.

-Señor, ¿cree que pueda hacerme una espada como esta que me prestó Tito? -preguntó Mina. -Quisiera tener mi propia espada.

-Claro que sí, Mina. Con mucho gusto te haré una espada como la de Tito.

-¿Y la puede pintar de rosa?

-Pues... no veo por qué no. Pintaré de rosa tu espada.

-¿Puedes pintar mi espada de rosa también, papá? -preguntó Tito.

-Sí, hijo. Sin ningún problema, tu espada también será rosa. Hoy por la tarde trabajaré en sus espadas.

Las niñas y los niños siguieron jugando al castillo, hasta que por fin la valiente Mina salvó al príncipe Tito y a su hija del dragón de dos cabezas.

Al día siguiente, Mina fue a visitar a Tito para ver si ya estaba lista su espada. No sólo estaba lista la suya, también la de Tito lucía ya con un brillante y hermoso color rosa. Ambos dieron las gracias y muy contentos alzaron juntos sus espadas. Era momento de pensar a qué aventuras jugarían juntos.


martes, 15 de septiembre de 2015

¿Y qué pasa si muero?

Hace poco más de 5 años estuve en una situación muy delicada, las decisiones que tomé en mis anteriores vidas me llevaron a un momento en que casi pierdo la vida física. No recuerdo nada de él, mi afección fue tan grave que dejé de tener memoria de esos momentos. Todo se volvió una negra laguna fantasma, de la cual salí sólo para darme cuenta que ya no podía mover mis piernas. Después, todo se volvió sanación física, para luego volverse espiritual y emocional.

Muchas veces, desde entonces, me ha dado vueltas esta pregunta: ¿y qué hubiera pasado si me hubiera muerto? ¿Habrán llorado por mí? ¿Cómo sería mi funeral? ¿Quién habrá asistido? Muchas veces desde que salí de ese momento, ha habido personas que ya no me acompañaron como cuando podía caminar, como cuando podía ir a sus lugares y pasar un rato juntos. ¿Ellos también hubieran llorado? ¿Y después qué?

¿Qué se hace cuando alguien muere? Supongo que se habla de él, supongo que se hubiera hablado de mí. Supongo que hubieran lamentado la forma tan lamentable en que hubiera muerto. También imagino que se habrían quedado con una buena impresión de mi persona a pesar de los secretos que me hubiera llevado. O quizás no,  pues dicen que cuando uno muere no se lleva nada, pero dejas muchas cosas.

Hablando de esas cosas que hubiera dejado, a veces reviso minuciosamente mi cuarto de más, pues es demasiado el tiempo que paso en él. Miro mi ropa y pienso ¿qué harían con ella? ¿Se regala? ¿Se tira o se dona? O quizás, creo lo peor, la conservarían. Y mis libros, ¿quién leería mis libros? Parece que a nadie le gusta Paulo Coelho, ni las novelas clásicas. Tampoco creo que las lecturas de psicología les parezcan muy atractivas. ¿Mis discos? Mi música habla tanto de mí, pero es tan diversa y tan popular que quizás también por eso se quedarían en mi mueble donde obsesivamente los tengo acomodados por un orden que sólo yo he de comprender. Mis videojuegos hubieran sido un buen legado, todas esas historias y aventuras vividas las jugarían otras personas, si es que se hubieran puesto en venta o de regalo. Insisto que conservar no es buena idea. También pienso en mis poemas hasta aquel entonces escritos, en las letras de canciones y otros secretos que escribí. Nadie los hubiera leído o sabido de su existencia.

¿Qué pasa con todas las pertenencias de alguien que muere? No lo sé. Lo que sé es que la muerte es una transformación, y es física o también metafísica. Algo en mí se murió hace poco más de 5 años, y así fueron muriendo otras cosas. Pero también, han nacido muchas más, y otras más han renacido. Ahora que llueve, me refleja las intenciones de que existen ciclos en la eternidad. Seamos eternos.