lunes, 16 de febrero de 2015

Creciendo con videojuegos

Cada vez me doy más cuenta de lo rápido que transcurre el tiempo y más cuando volteo a ver a los más pequeños que yo crecer y madurar. A veces volteo a ver mi infancia y mi adolescencia y muchos de esos momentos parecen que pasaron hace poco, pero cuando saco cuentas, me impresiona ver que han sido muchos años los que han transcurrido. Una de las cosas que más me conectan con el tiempo transcurrido es uno de los hobbies que más disfruto y comparto con varias personas: los videojuegos. Cuando era niño, crecí jugando la NES (o el Nintendo, como más lo conocen) con vecinos y mis primos. Confieso que recientemente adquirí un juego de título “NES Remix” donde vienen pequeñas misiones de juegos de antaño, entre ellas las de un juego que se llama Punch-Out. Pasó algo muy curioso cuando me tuve que enfrentar a esas misiones, porque me removió mi infancia, no sólo por la nostalgia, sino que cuando lo jugaban mis primos, ellos eran muy buenos jugándolo y yo no podía con los controles, no los comprendía. Entonces cuando empecé en la actualidad a tener que enfrentar estas misiones en NES Remix, las voces de “no eres tan bueno”, “ellos sí saben, tú no” y “no lo vas a lograr” se empezaban a escuchar otra vez como cuando tenía 8 o 9 años y no podía con las misiones. Así que le hablé a mi Israel niño desde el Israel adulto, y le decía “tú puedes”, “eres bueno”, “tú sabes”, y logré conquistar las misiones. En mis conceptos terapéuticos, cerré esa Gestalt.

El primer personaje a vencer en "Punch-Out", Glass Joe. El más fácil de vencer... y yo no podía vencerlo.  

Pero no sólo compartí esta actividad con mis primos y vecinos, lo hice también con mi hermana menor con quien nos divertíamos muchas horas con juegos para la NES y la SNES (o el Super Nintendo, como más le conocen). También lo hice con vecinos y amigos de la primaria, secundaria, preparatoria y hasta la universidad, así tuve contacto con algunos juegos y consolas por primera vez y encontraba una manera de convivir y compartir algo que nos hacía platicar y convivir de manera yo digo, sana. En tiempos de universidad y post-universidad, es decir, de pasar a ser de la Población Económicamente Activa, esto se volvió más una cosa en solitario y eventualmente, lo fui dejando de lado. Esas voces volvieron a hablar y decían “ya eres un adulto”, “eso es para niños”, “deberías de hacer otras cosas y no perder tu tiempo así”. Ahí fue al revés, el Israel niño le habló al Israel adulto y le dijo “acuérdate que es divertido”, “acuérdate que te emocionaba”, “acuérdate que te hacía sentir bien”. Me di permiso, y entonces así retomé hace poco más de 3 años el hobbie, lo reactivé, y lo he vuelto a disfrutar. El proceso de volverlo a integrar en mi vida me ha hecho darme cuenta que hay muchos, muchísimos adultos que siguen jugando y emocionándose con esta actividad tan particular, llena de arte y creatividad. Y es que somos nosotros, los adultos de esta época, aquellos niños que crecieron jugando y emocionándose, y que siguen creciendo llenándose de experiencias a través de seguir jugando.

Publicidad para "The Legend of Zelda: Skyward Sword", un juego de una de mis series favoritas. En él se muestra a un niño creciendo con estos juegos, y al final, lo comparte con su hijo.

Una de las cosas más emocionantes es que ahora no sólo jugamos entre amigos, sino que ahora muchos de ellos juegan con sus hijos y los hijos juegan con los amigos del papá o la mamá. Es algo que cuando nosotros éramos niños y adolescentes jamás nos llegamos a imaginar que fuera a suceder. Nunca pensamos en nuestros trips gamers “Oye, güey. ¿Te imaginas cuando seas grande cómo será jugar con tus hijos? Ha de ser bien loco” ¡No! Jamás lo llegamos a considerar posible, y ahora es lo que está pasando. Volviendo al punto inicial, ahí es cuando me doy cuenta que el tiempo pasa muy rápido. Estos niños ahora tienen la edad que nosotros teníamos cuando empezábamos a jugar, y hace que la experiencia de jugar sea más significativa. Me gusta ser un adulto que juega videojuegos, me gusta compartirlo con mis amigos y amigas que también lo disfrutan, me gusta compartirlo con sus hijos porque sé que es una forma de convivir, de apreciación, de ser competitivo de una manera saludable. Me gusta no clavarme ni fanatizarme con esto que aprecio, me hace divertirme y hasta llegar a tener introspecciones como esta misma que estoy poniendo en palabras. Pero sobre todo, me encanta que es parte de un lenguaje que pocos sabemos hablar y que cuando lo compartimos, nos sumerge en una especie de complicidad, parecido a aquellos que aprecian el futbol, los libros, u otras cosas a las que nos podemos volver aficionados, sin apasionarnos. Entiendo y soy responsable de lo que conlleva en cuanto a lo mercadológico, y eso también me gusta, pero eso es tema para otro día.

lunes, 2 de febrero de 2015

El asunto de las barbas y la masculinidad

Parece que de la nada, una ola de hombres barbados ha comenzado a hacerse notar por las calles y los lugares que frecuentamos. Algunas personas culpan a la moda ‘hipster’ como la causante de que algunos hombres empiecen a dejarse crecer la barba porque ahora, empieza a normalizarse su uso. Antes no pasaba esto, debido a que las normas de la imagen masculina no aprobaban su uso por considerarse de mal gusto, poca higiene y de hombres que no cuidan de su aspecto. Ahora esto ha cambiado, como me parece que ha cambiado eventualmente el hacerse y mostrar tatuajes; mucha gente cada vez se tatúa más y deja ver sus tatuajes, sin que esto haga pensar que la persona sea un ex-convicto, drogadicto, rebelde o que “está mal que se rayen” (aunque mucha gente lo siga pensando). La barba se ha vuelto un accesorio que exalta el aspecto masculino de los hombres que la usan, y como tal, se ha vuelto un símbolo de poder y estatus. Eso pasaba hace décadas también cuando su uso era normal y lo vimos en los libros de historia.

Barbas del Siglo XIX portadas por presidentes norteamericanos

Más allá de si se trata o no solamente de una moda, esto me lleva a hacer un análisis desde la perspectiva de las masculinidades. Parece que muchos de los hombres que han decidido dejarse la barba la usan para realzar, aclarar y mostrar su masculinidad. Si tomamos en cuenta que la masculinidad como estereotipo es dominante y competitiva, el uso de la barba es el pretexto para hacer notar estas cualidades, que se pueden salir de control. Menciono esto porque como símbolo de estatus y poder, algunos hombres se sienten o creen “más hombres” por usar barba, ejerciendo algún tipo de opresión hacía aquellos que no dejan crecer o simplemente, no les crece o les crece escasa la barba.

Really?

Y no basta con dejársela crecer, sino que entre más grande y/o larga sea tu barba, “más hombre” te vuelves. Una vez más, el pensamiento falocrático: entre más grande, mejor. ¿Por qué? Porque se percibe como más poderoso. ¿Y qué pasa con los que no la usan o no les crece? Esta sociedad patriarcal de la que los hombres también somos parte, hace que esto provoque que algunos hombres se sientan “menos hombres”, porque nos ha enseñado a constantemente demostrar que tan hombres somos a pesar de cómo nos lleguemos a sentir, no sólo desde el uso de barba y/o bigote, también desde los modelos masculinos basados en cuerpos grandes, musculares, atléticos e hipermasculinizados, contando la presencia de vello corporal. Creer que un hombre con estas características es “más hombre” es un comportamiento que pone en desventaja a quienes no presentan estas características. Me parece que esto es una forma de sexismo principalmente de los hombres hacía otros hombres.

You don't say...

Personalmente, hace más de 6 años decidí dejármela crecer después de un trabajo de terapia en el que me encontré identificado con los hombres de mi familia: mi padre y mis tíos. Ellos desde finales de los 60’s empezaban a usarla en la moda de Los Beatles y de los años posteriores a esta década. He decidido usarla con el aspecto actual desde más de un año porque precisamente, se ha normalizado su uso. Mi decisión de usarla se debe a los hombres de mi familia, y en esa conciencia, agradezco que esos hombres me enseñaron a ser el hombre que soy ahora.

Mi padre y yo de bebé

La barba no es más que un accesorio, el cual se usará con el efecto que cada quien elija. Parece inofensivo, pero conlleva una responsabilidad portarla, haciéndolo con respeto y humildad. Además, la belleza y la atracción no sólo está en una barba, el bigote, los músculos o la complexión de un cuerpo, está también en los valores que cada hombre demuestra sin miedo al prejuicio o la crítica. Dicho en otras palabras, si usas barba y por eso te crees más, ya te chingaste.