Cada vez me doy más cuenta de lo
rápido que transcurre el tiempo y más cuando volteo a ver a los más pequeños
que yo crecer y madurar. A veces volteo a ver mi infancia y mi adolescencia y
muchos de esos momentos parecen que pasaron hace poco, pero cuando saco
cuentas, me impresiona ver que han sido muchos años los que han transcurrido.
Una de las cosas que más me conectan con el tiempo transcurrido es uno de los
hobbies que más disfruto y comparto con varias personas: los videojuegos.
Cuando era niño, crecí jugando la NES (o el Nintendo, como más lo conocen) con
vecinos y mis primos. Confieso que recientemente adquirí un juego de título
“NES Remix” donde vienen pequeñas misiones de juegos de antaño, entre ellas las
de un juego que se llama Punch-Out. Pasó algo muy curioso cuando me tuve que
enfrentar a esas misiones, porque me removió mi infancia, no sólo por la
nostalgia, sino que cuando lo jugaban mis primos, ellos eran muy buenos
jugándolo y yo no podía con los controles, no los comprendía. Entonces cuando
empecé en la actualidad a tener que enfrentar estas misiones en NES Remix, las
voces de “no eres tan bueno”, “ellos sí saben, tú no” y “no lo vas a lograr” se
empezaban a escuchar otra vez como cuando tenía 8 o 9 años y no podía con las
misiones. Así que le hablé a mi Israel niño desde el Israel adulto, y le decía
“tú puedes”, “eres bueno”, “tú sabes”, y logré conquistar las misiones. En mis
conceptos terapéuticos, cerré esa Gestalt.
El primer personaje a vencer en "Punch-Out", Glass Joe. El más fácil de vencer... y yo no podía vencerlo.
Pero no sólo compartí esta
actividad con mis primos y vecinos, lo hice también con mi hermana menor con
quien nos divertíamos muchas horas con juegos para la NES y la SNES (o el Super
Nintendo, como más le conocen). También lo hice con vecinos y amigos de la
primaria, secundaria, preparatoria y hasta la universidad, así tuve contacto
con algunos juegos y consolas por primera vez y encontraba una manera de
convivir y compartir algo que nos hacía platicar y convivir de manera yo digo,
sana. En tiempos de universidad y post-universidad, es decir, de pasar a ser de
la Población Económicamente Activa, esto se volvió más una cosa en solitario y
eventualmente, lo fui dejando de lado. Esas voces volvieron a hablar y decían
“ya eres un adulto”, “eso es para niños”, “deberías de hacer otras cosas y no
perder tu tiempo así”. Ahí fue al revés, el Israel niño le habló al Israel
adulto y le dijo “acuérdate que es divertido”, “acuérdate que te emocionaba”,
“acuérdate que te hacía sentir bien”. Me di permiso, y entonces así retomé hace
poco más de 3 años el hobbie, lo reactivé, y lo he vuelto a disfrutar. El
proceso de volverlo a integrar en mi vida me ha hecho darme cuenta que hay
muchos, muchísimos adultos que siguen jugando y emocionándose con esta
actividad tan particular, llena de arte y creatividad. Y es que somos nosotros,
los adultos de esta época, aquellos niños que crecieron jugando y
emocionándose, y que siguen creciendo llenándose de experiencias a través de
seguir jugando.
Publicidad para "The Legend of Zelda: Skyward Sword", un juego de una de mis series favoritas. En él se muestra a un niño creciendo con estos juegos, y al final, lo comparte con su hijo.
Una de las cosas más emocionantes
es que ahora no sólo jugamos entre amigos, sino que ahora muchos de ellos juegan
con sus hijos y los hijos juegan con los amigos del papá o la mamá. Es algo que
cuando nosotros éramos niños y adolescentes jamás nos llegamos a imaginar que
fuera a suceder. Nunca pensamos en nuestros trips gamers “Oye, güey. ¿Te
imaginas cuando seas grande cómo será jugar con tus hijos? Ha de ser bien loco”
¡No! Jamás lo llegamos a considerar posible, y ahora es lo que está pasando.
Volviendo al punto inicial, ahí es cuando me doy cuenta que el tiempo pasa muy
rápido. Estos niños ahora tienen la edad que nosotros teníamos cuando
empezábamos a jugar, y hace que la experiencia de jugar sea más significativa.
Me gusta ser un adulto que juega videojuegos, me gusta compartirlo con mis
amigos y amigas que también lo disfrutan, me gusta compartirlo con sus hijos
porque sé que es una forma de convivir, de apreciación, de ser competitivo de
una manera saludable. Me gusta no clavarme ni fanatizarme con esto que aprecio,
me hace divertirme y hasta llegar a tener introspecciones como esta misma que
estoy poniendo en palabras. Pero sobre todo, me encanta que es parte de un
lenguaje que pocos sabemos hablar y que cuando lo compartimos, nos sumerge en
una especie de complicidad, parecido a aquellos que aprecian el futbol, los libros,
u otras cosas a las que nos podemos volver aficionados, sin apasionarnos. Entiendo y soy responsable de lo
que conlleva en cuanto a lo mercadológico, y eso también me gusta, pero eso es
tema para otro día.

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