No se trata
de lo que haya sucedido
ni las
palabras que se callaron
o el silencio
que conozco como ruido.
No son tus
labios que se cruzaron conmigo
transitando
por mi boca
como tu
nombre que se parece al mío.
No es el
sonido de lo que no dijimos,
ni la manera
de estremecer tus sentidos
con mis
dedos, mis miradas, mis gestos;
la necia
inercia de haber coincidido.
No fue tu
repentina aparición
que elevando
un ancla tomó una dirección.
Tampoco tus sutiles
arrebatos
que me
perdían y me mantenían confundido.
Nada de eso
fue, ni los minutos perdidos,
ni las
lágrimas que se encerraron
o el tiempo en
un momento distinguido.
Son estas ilusiones
que me llevaron contigo
luchando por
no caer,
como mi
nombre que ha renacido.