¿En dónde pongo mis manos agrietadas?
La sequía de caricias las desmorona
y el polvo residual se mezcla con el sudor
por el calor de verte pasear en piel de verano
con tus oscuros senderos como selvas.
¿Qué hago con mis labios rotos?
Se han quebrado y los he vuelto a pegar
con saliva caducada, sin advertencia
que se adhirió entre besos escabrosos
en el vigor de dos fuerzas ásperas.
¿Cómo pretendo que no llegué a ti?
Moví el tiempo, el cuerpo, las olas en mi pecho
y el deseo que se encarnó en mi vientre
para llegar a tu columna erigida de orgullo
a tu caverna donde emana el almizcle.
¿Hasta cuándo mi lengua volverá a escurrirse?
A retorcerse entre fluidos sedentarios
combinados en perfecta alquimia sexual
mientras se borran los residuos de pudor
y se vuelve mi mejor muestra de resistencia.
¿Y por qué sigo poniendo mis ojos al cielo?
Ya ni los pájaros me parecen libres
muchos menos mis palabras arenosas
pegadas a mis pies, a mis piernas indomables
buscando un camino a tus muslos de piedra.
Las respuestas son plagadas de dudas
adornadas con flores de conformidad.