Mi cuerpo se encuentra consigo mismo
debilitado en medio de lápidas de expectativas muertas.
Todas, entre palabras triviales, juegos
de silenciosas desapariciones.
Fui sometido en cada evanescencia,
no por tristeza de estar solo, porque así
no habría honor en las constantes insistencias
ni honraría el tiempo sacrificado, que el encuentro
trajo a la vida que les quise dar. Y sus vidas
han de continuar, al dejar de respirar.
Los días, aunque oscuros, calaron mis huesos
y en mi piel no hubo despojos ni residuos
de sus almas huidizas y engañosas
ni con el ardor de mis heridas mortales.
Exhumé señales, sin rastro
subyugado a sus apariciones
como quemaduras y fiebres
que se adhieren a mis anhelos.
Ahora me alzo para soltarlos y vayan más allá.
los veo a la cara para que me suelten.
Pasarán a otra vida,
nunca, por el dolor de atravesarles y sobrevivir.
La soledad, vestigio divino, persiste
y la noche que cae sobre mí
oscura, bendita, aún en calma
es inspiración de la amarga verdad.
Sonrío sabiendo que estoy mejor sin ellos
y les pongo a descansar en paz.