A veces me gusta andar por la calle por mi cuenta, muy a pesar de que tengo que enfrentarme con muchos obstáculos como banquetas quebradas, pisos rugosos que hacen que transite difícilmente empujando las llantas de mi silla de ruedas, o simplemente las personas que no se fijan que voy transitando y golpean los descansa-pies, para voltearse y preguntarme “¿Estás bien?”, siendo mi respuesta esa misma pregunta, porque a veces se golpean fuertemente. Cuando ando solo es bueno para mí, porque me da la libertad que muchas veces anhelo, aunque sea desde los límites que mi cuerpo y capacidades me brinda y me lo permiten.
Otras veces, no salgo solo. A veces lo hago con amigos o amigas
con quienes me apoyo para andar recorriendo rincones de la ciudad y compartir
ese tiempo para construir nuevos recuerdos en nuestra amistad. Otras veces es
con familia, quienes son mi mayor apoyo y con quien me pasó la siguiente anécdota
que les quiero compartir.
Una vez salimos a comer. Éramos mi mamá, mi papá y mi
hermana menor. Salimos a un restaurante que es uno de los que más nos gusta.
Suelen tener buenos platillos, mi favorito son las enchiladas suizas. Algo
tiene la forma en que las preparan en particular en ese lugar que las hace
diferentes a otras que he probado. Todos habíamos recibido nuestro platillo y
lo estábamos degustando alegremente. Yo tenía de frente la entrada del lugar; vi
las puertas abrirse, como a lo largo de la estancia había estado viendo entrar
y salir a muchas personas, solo que esta vez era un gran número entrando. Conté
alrededor de 5 para empezar, y justo detrás de ellas, un jovencísimo de aproximadamente
mi edad también en silla de ruedas quien era empujado por una mujer. Los dos
hicimos contacto visual, y él notó que yo como él, estaba sobre una silla de
ruedas, y al regresar su mirada a la mía, ambos nos comunicamos algo profundo,
algo que se clavó en mi pecho, un empuje, algo errático que en su momento no
supe explicar, y que duró los 3 segundos que mantuvimos nuestros ojos fijos uno
al otro. Pasó por un lado mío a cierta distancia considerable, pero una energía
gravitaba fuerte y mutuamente entre silla y silla.
A mis espaldas, sabía que él estaba viendo la carta, preparándose
para pedirle al mesero lo que consumiría en su estancia, los alimentos que
compartiría con la que parecía era también su familia. Una tarde más de convivio
familiar. Yo ya iba a la mitad de mi comida, cuestionándome cómo es que había
sentido esa fuerza que no sabía explicar. El queso en mis enchiladas se volvía
amargo de la duda. Ya solo me quedaba una enchilada cuando pensaba la posibilidad
de compartirles a mi familia aquella sensación tan extraña, pero pensé también que,
si lo hacía, se iban a reír de mí y creerían que estaba jugando como suelo
hacerlo, solo que esto era real.
Mi madre ya nos había dicho que iba a tener que irse a la
mitad de nuestra salida para pasar rápidamente por unas cosas que había
encargado a una de esas personas que hacen ventas en línea, por lo que al
esperarla se fue pasando el tiempo, tiempo que sabía que en mientras mi igual
en su silla estaba detrás de mí, quizás también comiendo enchiladas suizas. No
me sorprendería que hubiera pedido lo mismo. Seguro que también estaba pensando
que yo ya había previamente ordenado lo que él pidió.
“Basta, ya”, pensé al verme tan invertido en esa clase de
ideas absurdas. Finalmente, mi mamá regresó y pedimos la cuenta para dejar el
lugar con panza llena. Al moverme de mi lugar, me fue inevitable voltear y
percatarme que mi similar estaba acabando al igual que su familia y se decidían
por salir del lugar al igual que nosotros. “Vaya coincidencia”, pensé, “ahora
solo falta que nos toque coincidir en el estacionamiento”.
Y así fue, pero con una diferencia: habiendo nosotros
llegado primero que ellos, ocupamos el único lugar de estacionamiento para
discapacitados de color azul, que me sirvió para poder bajarme sin problemas
gracias al espacio que existe para poder realizar la maniobra. Cuando él se
acercó al carro al que ascendería, me pude dar cuenta que no existía un espacio
amplio para que pudiera maniobrar de forma fácil. Fue ahí cuando quedamos uno a
uno, frente a frente, en nuestras respectivas distancias, mirándonos, y
midiendo nuestras diferencias. Lo primero que noté es que él podía trasladarse por
sí mismo, mientras que yo necesito apoyo por mis limitaciones físicas. Cuando
me di cuenta de eso, hubo un impulso que no pude ni siquiera identificar y
mucho menos controlar, y se me salió decirle. “Se ve bien tu silla. ¿Dónde la
encontraste?”. Su familia entera volteó a verme con un silencio que denotaba
sorpresa, pues no esperaban que alguien con las mismas condiciones (o
parecidas) que él, pudiera dirigirle la palabra. Tras un silencio algo incómodo,
su respuesta fue: “Alguien de una asociación civil me la consiguió”. Primero
pensé “Vaya suerte, a mí me costó buen billete”.
-¡Qué padre! La mía la tuve que comprar- fue lo que se me
ocurrió responder
-La tuya se ve maciza, parece que aguanta muchos terrenos.
-Así es. ¿Quieres ver qué tanto aguanta? - ¡¿Pero qué chingados?!
¿De dónde me salió ponerme retador? ¡¿Y como para qué?!
-¡Venga!- respondió. Su familia se volteó a ver entre ella,
con rostros que decían “No, otra vez no”, mientras que la mía me
decía con voces de preocupación y sorpresa “¿Estás loco?” y les respondía: - Sí,
loco por ganarle a este cabrón.
Se puso a un lado mío y le propuse las siguientes reglas:
1. La meta es el semáforo que se encuentra en aquella esquina, el que llegue primero será el que gane.
2. No se permite empujarse, eso es trampa y no hay honor en empujar la silla de otro.
3. Si alguno por la fuerza o velocidad que empleemos se cae, se suspende la carrera.
-¡Acepto!- respondió con vehemencia, mientras en el fondo se
escuchaban las voces de su familia y la mía mezcladas que nos decían que paráramos
y nos olvidáramos de lo que pretendíamos hacer. La gente dentro del restaurante
se percató de que algo ocurría y una a una fueron saliendo, sorprendidas de lo
que habían alcanzado a escuchar y lo que estaba por pasar. Tomamos la línea blanca
que divide el espacio de estacionamiento azul en el piso como punto de salida,
mientras que el mesero que de adentro nos había atendido tomó el rol de anunciante, y entre el barullo de todos los que nos veían, gritó:
-Listo, chicos. Que gane el mejor. En sus marcas… listos…
¡FUERA!
Y le di con todo a mis llantas, no iba a dejar que ese cuate
me ganara, menos enfrente de mi familia y del personal que siempre nos atiende
en ese restaurante. Sería una vergüenza tener que regresar y que me vieran como
el perdedor de aquella carrera en silla de ruedas, no podría. Tenía que ganar
porque no hay enchiladas suizas mejores que en ese lugar.
Íbamos por la orilla del boulevard, los conductores de los carros al lado no sabían lo que pasaba, y menos porque íbamos en sentido contrario a ellos. La verdad es que ni él ni yo pensamos en el peligro que eso representaba, pero nos valió porque lo que se encontraba en juego era nuestro honor como una persona con discapacidad. Por desgracia, él llevaba la ventaja, podía ver desde atrás que tenía una buena habilidad para empujar y dar mejores empujes que los que hacía yo, mientras que los gritos del público se disipaban cada vez más al alejarnos. Quise copiar su técnica, pero me di cuenta que al no ser fiel a la mía, iba perdiendo distancia. De repente, se me vino a la mente mi papá, el que me ayuda siempre todas las mañanas a levantarme de la cama, cambiarme la ropa y empezar mi día; de mi mamá, la que me tiene mi ropa y comida siempre listas; de mi hermana, que con orgullo me mira hacer mi trabajo y aprender de mi experiencia. Todas esas cosas hicieron que una fuerza invisible me empujara y comenzara a ganarle el paso (¿será prudente llamarle “paso”?) a mi rival. Y comencé a rebasarlo, a ganarle la carrera. Sería yo el de la victoria, sería yo quien pudiera regresar al restaurante con la frente en alto, con la dignidad y entereza de volver a comer las mejores enchiladas suizas de la zona. El semáforo estaba a muy corta distancia, ya podía saborear el queso con la salsa verde una y otra vez. La luz amarilla parpadeaba, cuando de repente, una piedra se atoró en mi llanta derecha, cortándome la velocidad al haberme hecho retroceder y desorientarme. Eso fue suficiente para que mi némesis cruzara el semáforo ya en rojo.
Se acabó. No lo logré, no pude ganarle a ese hijo de su
silla madre, todo por una mala jugada del destino. Esa piedra representaba
todos los obstáculos que en la vida me había tenido que enfrentar, todas las veces
que me esforcé y no lo logré, las oportunidades que no se consumaron, lo que no
me ha dejado alcanzar mis metas, y por eso, volví a perder. El fuerte sonido de
varios claxons me sacó de mi trance dramático, mientras que
miraba a lo lejos a mi hermana y la chica que empujaba a mi adversario a su
entrada al restaurante, corriendo por nosotros para regresarnos al estacionamiento,
de alguna manera habíamos acabado tapando el tráfico.
Ya en el estacionamiento, los comensales volvían a entrar al
local, la familia de mi contrincante le decía “¿Ya nos podemos ir?” mientras
que me miraba con ojos de soberbia por coronarse como ganador, que no pude
soportar. Vi como él podía subirse solo al carro, y eso me dio todavía más
coraje. En fin, ya estaba hecho. Volvimos a casa, y el trago amargo de la
derrota me dejó pensativo. No volvería a cometer el mismo error de nuevo. ¿Por
qué realizar esas tonterías sin sentido? Solo me dejan en ridículo.
Como compartí en el inicio de mi relato, a veces me gusta andar en la calle por mi cuenta, y ahora mismo es lo que hago, quiero despejar mi mente y centrarme en qué otras opciones tenemos yo y mi familia para salir a comer un fin de semana. Y mientras voy recorriendo este espacio, veo las llantas de una silla de ruedas. Hay una persona que está siendo empujada por otra, es una señora de edad mayor, calculo que tendrá unos 75-80 años. Mientras le estoy calculando la edad, veo que sus ojos se cruzan con los míos y un fuego interior en ambos lados nos conecta.