martes, 11 de noviembre de 2025

Hoy/Aquí

¿Y qué si se me olvidan los pasajes
donde me vi iluminado?
Todavía les recuerdo
abrazado al terciopelo de la luz
nocturna
Ahí, donde me abría al viaje
sonoro inundado
en el manto negro de la hora
más oscura

Y aquello me daba dirección
Me elevaba súbitamente
hasta respirarle
Lo inesperado se volvía
palabras
Lo insólito se convertía
en verso
Pero no es la raíz lo que me asusta
sino haber escarbado
y descubierto
los restos de las nubes
sembradas

Me he querido salvar
Dejar de frenar la corriente radiante
que embarga mi pecho y
componer retratos en
ordinarias melodías
Una tras otra
de silencio a sinfonías

Todavía lo recuerdo
El futuro

Ahí
donde me coloco
a una distancia medida
del cielo al suelo
El tiempo es arena
en un reloj en medio
del horizonte
Aquí
es hoy
Hoy
es perfecto










martes, 10 de junio de 2025

Distancias cortas

A veces despierto
con los pies dispuestos
a llevar unos versos
por senderos que lleven
a otras rutas
otra verdad

Las mismas palabras
las mismas historias
la necia frecuencia 
de repetir

        repetir

                repetir
Me provoca tedio
Una abúlica sintonía

A veces escucho 
otras melodías
como estruendos
cacofonías
No es lo mismo
pero es igual

Me canso de mí
de seguir escribiendo
como si ya no hubiera
fuego
sangre
pedazos de tiempo
con qué enmendar
mi disfraz

No quiero hacer arte
avivado por el alcohol
impulsado por mis dramas
El teatro de la nostalgia
y la necia inercia
de una corriente que
arrastra mi nave de 
recuerdos abatidos

Ya solo quiero merodear
en distancias cortas
volver a mí
con premura o
con destiempo
Con las ganas de soltar
los cabos e irme
hacia adentro
Navegar al interior
Profundo
Sin mirar al abismo
sin la precariedad del sueño
y de una vez por todas
despertar en paz

Ya solo me queda
desfogar un brillo fugaz
contemplarme gota a gota
en esta nueva estrofa
Deshacer los libros
hoja por hoja

martes, 3 de diciembre de 2024

Honor sobre ruedas

A veces me gusta andar por la calle por mi cuenta, muy a pesar de que tengo que enfrentarme con muchos obstáculos como banquetas quebradas, pisos rugosos que hacen que transite difícilmente empujando las llantas de mi silla de ruedas, o simplemente las personas que no se fijan que voy transitando y golpean los descansa-pies, para voltearse y preguntarme “¿Estás bien?”, siendo mi respuesta esa misma pregunta, porque a veces se golpean fuertemente. Cuando ando solo es bueno para mí, porque me da la libertad que muchas veces anhelo, aunque sea desde los límites que mi cuerpo y capacidades me brinda y me lo permiten.

Otras veces, no salgo solo. A veces lo hago con amigos o amigas con quienes me apoyo para andar recorriendo rincones de la ciudad y compartir ese tiempo para construir nuevos recuerdos en nuestra amistad. Otras veces es con familia, quienes son mi mayor apoyo y con quien me pasó la siguiente anécdota que les quiero compartir.

Una vez salimos a comer. Éramos mi mamá, mi papá y mi hermana menor. Salimos a un restaurante que es uno de los que más nos gusta. Suelen tener buenos platillos, mi favorito son las enchiladas suizas. Algo tiene la forma en que las preparan en particular en ese lugar que las hace diferentes a otras que he probado. Todos habíamos recibido nuestro platillo y lo estábamos degustando alegremente. Yo tenía de frente la entrada del lugar; vi las puertas abrirse, como a lo largo de la estancia había estado viendo entrar y salir a muchas personas, solo que esta vez era un gran número entrando. Conté alrededor de 5 para empezar, y justo detrás de ellas, un jovencísimo de aproximadamente mi edad también en silla de ruedas quien era empujado por una mujer. Los dos hicimos contacto visual, y él notó que yo como él, estaba sobre una silla de ruedas, y al regresar su mirada a la mía, ambos nos comunicamos algo profundo, algo que se clavó en mi pecho, un empuje, algo errático que en su momento no supe explicar, y que duró los 3 segundos que mantuvimos nuestros ojos fijos uno al otro. Pasó por un lado mío a cierta distancia considerable, pero una energía gravitaba fuerte y mutuamente entre silla y silla.  

A mis espaldas, sabía que él estaba viendo la carta, preparándose para pedirle al mesero lo que consumiría en su estancia, los alimentos que compartiría con la que parecía era también su familia. Una tarde más de convivio familiar. Yo ya iba a la mitad de mi comida, cuestionándome cómo es que había sentido esa fuerza que no sabía explicar. El queso en mis enchiladas se volvía amargo de la duda. Ya solo me quedaba una enchilada cuando pensaba la posibilidad de compartirles a mi familia aquella sensación tan extraña, pero pensé también que, si lo hacía, se iban a reír de mí y creerían que estaba jugando como suelo hacerlo, solo que esto era real.

Mi madre ya nos había dicho que iba a tener que irse a la mitad de nuestra salida para pasar rápidamente por unas cosas que había encargado a una de esas personas que hacen ventas en línea, por lo que al esperarla se fue pasando el tiempo, tiempo que sabía que en mientras mi igual en su silla estaba detrás de mí, quizás también comiendo enchiladas suizas. No me sorprendería que hubiera pedido lo mismo. Seguro que también estaba pensando que yo ya había previamente ordenado lo que él pidió.

“Basta, ya”, pensé al verme tan invertido en esa clase de ideas absurdas. Finalmente, mi mamá regresó y pedimos la cuenta para dejar el lugar con panza llena. Al moverme de mi lugar, me fue inevitable voltear y percatarme que mi similar estaba acabando al igual que su familia y se decidían por salir del lugar al igual que nosotros. “Vaya coincidencia”, pensé, “ahora solo falta que nos toque coincidir en el estacionamiento”.

Y así fue, pero con una diferencia: habiendo nosotros llegado primero que ellos, ocupamos el único lugar de estacionamiento para discapacitados de color azul, que me sirvió para poder bajarme sin problemas gracias al espacio que existe para poder realizar la maniobra. Cuando él se acercó al carro al que ascendería, me pude dar cuenta que no existía un espacio amplio para que pudiera maniobrar de forma fácil. Fue ahí cuando quedamos uno a uno, frente a frente, en nuestras respectivas distancias, mirándonos, y midiendo nuestras diferencias. Lo primero que noté es que él podía trasladarse por sí mismo, mientras que yo necesito apoyo por mis limitaciones físicas. Cuando me di cuenta de eso, hubo un impulso que no pude ni siquiera identificar y mucho menos controlar, y se me salió decirle. “Se ve bien tu silla. ¿Dónde la encontraste?”. Su familia entera volteó a verme con un silencio que denotaba sorpresa, pues no esperaban que alguien con las mismas condiciones (o parecidas) que él, pudiera dirigirle la palabra. Tras un silencio algo incómodo, su respuesta fue: “Alguien de una asociación civil me la consiguió”. Primero pensé “Vaya suerte, a mí me costó buen billete”.

-¡Qué padre! La mía la tuve que comprar- fue lo que se me ocurrió responder

-La tuya se ve maciza, parece que aguanta muchos terrenos.

-Así es. ¿Quieres ver qué tanto aguanta? - ¡¿Pero qué chingados?! ¿De dónde me salió ponerme retador? ¡¿Y como para qué?!

-¡Venga!- respondió. Su familia se volteó a ver entre ella, con rostros que decían “No, otra vez no”, mientras que la mía me decía con voces de preocupación y sorpresa “¿Estás loco?” y les respondía: - Sí, loco por ganarle a este cabrón.

Se puso a un lado mío y le propuse las siguientes reglas:

1. La meta es el semáforo que se encuentra en aquella esquina, el que llegue primero será el que gane.

2. No se permite empujarse, eso es trampa y no hay honor en empujar la silla de otro.

3. Si alguno por la fuerza o velocidad que empleemos se cae, se suspende la carrera.

-¡Acepto!- respondió con vehemencia, mientras en el fondo se escuchaban las voces de su familia y la mía mezcladas que nos decían que paráramos y nos olvidáramos de lo que pretendíamos hacer. La gente dentro del restaurante se percató de que algo ocurría y una a una fueron saliendo, sorprendidas de lo que habían alcanzado a escuchar y lo que estaba por pasar. Tomamos la línea blanca que divide el espacio de estacionamiento azul en el piso como punto de salida, mientras que el mesero que de adentro nos había atendido tomó el rol de anunciante, y entre el barullo de todos los que nos veían, gritó:

-Listo, chicos. Que gane el mejor. En sus marcas… listos… ¡FUERA!

Y le di con todo a mis llantas, no iba a dejar que ese cuate me ganara, menos enfrente de mi familia y del personal que siempre nos atiende en ese restaurante. Sería una vergüenza tener que regresar y que me vieran como el perdedor de aquella carrera en silla de ruedas, no podría. Tenía que ganar porque no hay enchiladas suizas mejores que en ese lugar.

Íbamos por la orilla del boulevard, los conductores de los carros al lado no sabían lo que pasaba, y menos porque íbamos en sentido contrario a ellos. La verdad es que ni él ni yo pensamos en el peligro que eso representaba, pero nos valió porque lo que se encontraba en juego era nuestro honor como una persona con discapacidad.  Por desgracia, él llevaba la ventaja, podía ver desde atrás que tenía una buena habilidad para empujar y dar mejores empujes que los que hacía yo, mientras que los gritos del público se disipaban cada vez más al alejarnos. Quise copiar su técnica, pero me di cuenta que al no ser fiel a la mía, iba perdiendo distancia. De repente, se me vino a la mente mi papá, el que me ayuda siempre todas las mañanas a levantarme de la cama, cambiarme la ropa y empezar mi día; de mi mamá, la que me tiene mi ropa y comida siempre listas; de mi hermana, que con orgullo me mira hacer mi trabajo y aprender de mi experiencia. Todas esas cosas hicieron que una fuerza invisible me empujara y comenzara a ganarle el paso (¿será prudente llamarle “paso”?) a mi rival. Y comencé a rebasarlo, a ganarle la carrera. Sería yo el de la victoria, sería yo quien pudiera regresar al restaurante con la frente en alto, con la dignidad y entereza de volver a comer las mejores enchiladas suizas de la zona. El semáforo estaba a muy corta distancia, ya podía saborear el queso con la salsa verde una y otra vez. La luz amarilla parpadeaba, cuando de repente, una piedra se atoró en mi llanta derecha, cortándome la velocidad al haberme hecho retroceder y desorientarme. Eso fue suficiente para que mi némesis cruzara el semáforo ya en rojo.

Se acabó. No lo logré, no pude ganarle a ese hijo de su silla madre, todo por una mala jugada del destino. Esa piedra representaba todos los obstáculos que en la vida me había tenido que enfrentar, todas las veces que me esforcé y no lo logré, las oportunidades que no se consumaron, lo que no me ha dejado alcanzar mis metas, y por eso, volví a perder. El fuerte sonido de varios claxons me sacó de mi trance dramático, mientras que miraba a lo lejos a mi hermana y la chica que empujaba a mi adversario a su entrada al restaurante, corriendo por nosotros para regresarnos al estacionamiento, de alguna manera habíamos acabado tapando el tráfico.

Ya en el estacionamiento, los comensales volvían a entrar al local, la familia de mi contrincante le decía “¿Ya nos podemos ir?” mientras que me miraba con ojos de soberbia por coronarse como ganador, que no pude soportar. Vi como él podía subirse solo al carro, y eso me dio todavía más coraje. En fin, ya estaba hecho. Volvimos a casa, y el trago amargo de la derrota me dejó pensativo. No volvería a cometer el mismo error de nuevo. ¿Por qué realizar esas tonterías sin sentido? Solo me dejan en ridículo.

Como compartí en el inicio de mi relato, a veces me gusta andar en la calle por mi cuenta, y ahora mismo es lo que hago, quiero despejar mi mente y centrarme en qué otras opciones tenemos yo y mi familia para salir a comer un fin de semana. Y mientras voy recorriendo este espacio, veo las llantas de una silla de ruedas. Hay una persona que está siendo empujada por otra, es una señora de edad mayor, calculo que tendrá unos 75-80 años. Mientras le estoy calculando la edad, veo que sus ojos se cruzan con los míos y un fuego interior en ambos lados nos conecta.

lunes, 18 de noviembre de 2024

Oda a mi silla de ruedas

 Si tengo que contar
más años
lo haría por más vías
abriéndome paso
con nuestro
paso
Uno a uno
marcando caminos
Una a una
las batallas
Día a día
unidos
Viajeros
predestinados
desde mis entrañas
a exorbitantes
espacios

Juntos
transitamos
terrenos donde
hacemos de la poesía
una compañía
para limpiar
la sangre
invertida
en el encuentro con las
musas y faunos

Un centauro
mecánico
por campos
de mitología urbana
Un carro de guerra
por el mundo
tirado de valor
y hambre de gloria
Una simbiosis
de naturaleza combativa
porque así
sobrevivimos
entre farsantes, egotistas,
abusivos, ignorantes,
y nos reímos
de sus delirios

Hacemos una bella
combinación
irradiada en el
interminable
devenir
de la bondad
y la malicia
La tierra pegada
a mis pies
es la señal de no
necesitar pisar
para correr

Hemos resistido
las duras estaciones
sus exhaustas tinturas
marchar por encima
del frío asfalto
andar desnudo por
el calor de una ola
regalando
segundos, minutos,
horas de incandescencia
a las manos que
se posan detrás
para llevarnos
porque nuestros
cimientos necesitan
forjarse de
fuerza y ternura

Te has vuelto tan de mí
que se me olvida que eres tú
la luna a mis noches
el escudo a mi espada
agradecerte
darte la reverencia merecida
y desde tu sostén
hablarte con la voz de quien
nos cuida

lunes, 29 de julio de 2024

Mixología

Tengo mis dedos dispuestos
a mezclar elementos
Palabras, miradas, gestos
Sabores nuevos
por ser descubiertos
en paladares
aventureros
Algo exquisito
de aromas frescos 

Es buena mezcla la que hacemos
Se encuentran disolutos pasados
en un presente disperso
dando un resultado agridulce
pero certero
Y cuando lo disfrutamos
cada gota se convierte en ensayo
y error
Nos sorbemos por los costados
dando tragos acelerados

La química resultante
se disuelve en ligeras dosis
Las suficientes para no
caer en los excesos
no amargar la delicada
fragancia en nuestro aliento
A veces es por antojo
otras por despegarme del suelo
juntar el cítrico de mi genio
con lo sereno en tu temperamento
Con un toque dulce
se vuelve un buen complemento 

Para ser mejor combinación
necesita probarse
necesita tiempo
depende de las manos
con una suave degustación
y en un derroche nocturno
embriagarse es
la mejor opción 

lunes, 3 de junio de 2024

Caballero

Hay un lugar que ocupas
en mi habitación
Es un rincón confortable para
explorar
las mismas rutas
sin desgaste
volverles rutina suave
en el fervor de la fascinación 

Hay un lugar que ocupas
por las calles que te vi pasando
o que imaginé
paseabas en tu gala
de caballero andante
montado
entre mis noches y días
de andanza mundana

Hay un lugar que ocupas
con el torrente 
de la sangre
en tu dura arma de acero
Impetuosa y mortal
a la carga
por territorio sinuoso
dispuesta a atacar

Hay un espacio entre 
tus manos
tu distinguido tacto
desde tus pies hasta
tus ojos templados
sosteniéndome 
mirándome 
devolviéndote a mis labios

Y voy despacio 
para no blandir sin cautela
con el vigor de la realeza
porque soy el soberano
en este fortuito combate
en el lugar que ocupas
en el espacio correcto
en el calor de la victoria 

lunes, 22 de enero de 2024

Un poeta

Bendiciendo mi destino
como divinidad moderna
miro adentro con mi cara
de poeta, una deidad, que crea porque cree en él

Ya sé que hay dioses débiles
con palabras mortales aparentando resistencia,
cual Sísifo. Yo creo
que han de elevarse como en sus versos,
un galimatías, frágil
poesía, un poema vacío

Despierto escucho su engaño en palabras transparentes
despierto manifiesto el rostro de la falacia voraz
con la luz y oscuridad, y el calor
del recuerdo aviva un deseo bajo las olas frías

Sobre las rocas en las orillas los poemas
surgen con el oleaje;
y me abrevio entre amargas voces, y entre salvajes
verbos impuros

Y entendí cuántos son los tiempos muertos.
Y así fui paciente por el bosque y los desiertos,
con el cálido aliento,
con la suavidad del viento,
con el novato y el experto

Como manifiesto he dicho: matar el tiempo antes que
el tiempo me mate a mí;
y escucho una voz inmaculada, aura de solitud y fe:
tú eres yo, más humano en el mundo, aquí

Y pude ver cómo sangran
cientos de azules letras,
legado de los poetas
imbuidos como mantra
¡Bendito arte!

Y en el arte
aprendí la duda silenciosa
que en las llamas sobrevive
y del árbol que reposa
y el ladrón que escribe

Y dije: los vestigios
de su locura tan solo son
escapes, lastre, basura;
los míos serán un don

Y un ángel en mis épicos pasajes de vida le ha dado luz
al día. ¡Cuánta belleza!
¡Que el presente es sagrado
vivido en su grandeza!
Desde la ineficiencia y efectividad del pasado, 
instrumento de inspiración,
en el frío invierno a mi lado
el verano es otra bendición.
Tengo memorias oscuras en el umbral que caería,
del corazón canciones en el color melancolía