Me di la oportunidad de leer el libro y ver la película de “La
Danza de la Realidad” de Alejandro Jodorowsky, y la síntesis de ambas me ha
dejado la experiencia para comprender y reconciliar una parte de mi historia personal. Una
de las cosas que de hecho me motivaron a escribir y abrir este blog fue porque
durante la lectura del libro, supe que era importante empezar a hacer lo que ya
sé hacer, entregarme a lo que inevitablemente me ayuda a sanar, a construir y a
meditar mi aquí y ahora. El libro me hizo ver de nuevo algo que el señor Jodorowsky
ya me había enseñado en trabajos anteriores: el arte es para sanar. El arte no
debe de ser una forma de adornar la ilusión del ego, un pretexto para engrandecerlo
ni para lucirlo. El arte es un camino hacía la conciencia, que abre otros
caminos y otras conciencias, y así resuena en el universo. El libro es una biografía
fantástica con la que fácilmente logras identificarte en alguno de sus pasajes.
Uno de los que más me marcó fue cuando habla de cómo Alejandro tuvo sus
primeras aproximaciones a la poesía, en donde yo concluí y reflexioné una vez
más sobre la importancia de las palabras y de su intención. Comparte un haiku
japonés que un alumno le muestra a su maestro:
Una mariposa:
Le quito las alas
¡Obtengo un pimiento!
A lo que el
maestro responde:
-No, no es
eso. Escucha.
Un pimiento:
Le agrego unas alas
¡Obtengo una mariposa!
La lección
es clara: el acto poético debe ser siempre positivo, buscar la construcción y
no la destrucción. También le agregaría que puede buscar la deconstrucción con
la intención de reconstruir y crear algo con mayor belleza.
En cuanto a
la película, admito que es un trabajo a lo que nos tiene acostumbrados
Jodorowsky en cuanto a imaginería y ritmo. “La Montaña Sagrada” sirve como el
molde que le da forma a esta nueva obra del maestro, pero también nos lleva por
turbulencias narrativas y peculiares personajes
como en “Santa Sangre”. En sí, la
película es un acto poético, y la cima de ésta [spoiler alert] es el momento en
que el niño Alejandro quiere saltar de un acantilado, pero el viejo Alejandro
lo abraza para sostenerlo, para protegerlo, acompañarlo, darle fuerza, seguridad,
para decirle “yo estoy contigo, no estás solo”. Es el rescate de nuestra
infancia, de nuestro destino determinado por nuestra inocencia marcada por lo
que otros dicen, piensan, sienten y creen. Se siente en el transcurso de toda
la película, que Jodorowsky sabe que su tiempo en este plano está por acabar y
busca reconciliar su historia, haciendo de ella una poesía que comparte con
aquello que lo llevó a hacerla. Un ciclo
hecho por él a través de recorrer por su propia fantasía.

Admiro la
obra de quien considero un maestro en mi camino, porque a través de ella he
comprendido lo importante que es ser y dejar ser, vivir y dejar vivir. La danza
de la realidad se baila día a día en la armonía de nuestra conciencia, de hacer
que las cosas fluyan y de hacer que nos movamos en la frecuencia del alma
universal a través de una sola cosa: el amor.